Sentí que el pecho se me cerraba.
Mi hija había entendido más de lo que ellos imaginaron.
—¿Qué querían hacer exactamente?
—No lo sé.
Patricia sacó su celular.
—Pero tengo otra cosa.
Abrió WhatsApp y buscó una conversación.
Eran mensajes que Teresa le había enviado por error semanas atrás y después había eliminado.
Patricia había tomado capturas.
Uno decía:
“Si Laura sigue negándose a firmar, habrá que buscar otra manera. Rodrigo no puede perderlo todo por su culpa.”
Otro:
“Primero hay que conseguir que deje de revisar las cuentas.”
Y el último me revolvió el estómago:
“La niña ya vio demasiado. Rodrigo tiene que controlarla.”
Ya no era solamente una familia cruel.
Habían convertido a una niña de diez años en guardiana de un secreto financiero que jamás debió conocer.
Regresé con Mariana y llamé a una abogada.