Dentro estaba el expediente original.
Me puse guantes y abrí la carpeta.
Factura.
Orden de servicio.
Recepción.
Autorización.
Y ahí estaba.
La firma de papá.
La conocía perfectamente.
La había visto en tarjetas de cumpleaños, permisos escolares, documentos de mi infancia.
Pero debajo había algo todavía peor.
Una nota escrita a mano:
“M. ya autorizó. Ajustar antes de revisión.”
Mauricio retrocedió.
—Yo nunca autoricé eso.
—¿Reconoces la letra?
No respondió.
—Mauricio.
—Sí.
—¿De quién es?
Me miró con los ojos húmedos.
—De papá.
Por primera vez, sentí que toda aquella historia familiar se derrumbaba de una manera que ninguna inspección podía reparar.
El hombre que había pasado treinta años diciéndome que Mauricio representaba el honor de nuestro apellido podía estar involucrado en algo que había puesto precisamente ese honor en riesgo.
Pero todavía faltaba algo.