Pero antes de que Alejandro dijera una sola palabra más, el teléfono que yo sostenía vibró.
Había llegado un mensaje de un número desconocido.
Solo decía:
“Antes de creer lo que estás viendo, revisa el asiento 18A. Alejandro no sabe toda la verdad sobre esa mujer.”
Levanté la mirada.
El asiento 18A estaba apenas cuatro filas delante de nosotros.
Y alguien acababa de dejar allí un sobre amarillo con mi nombre escrito a mano.
No recuerdo haber caminado hasta el asiento 18A.
Solo recuerdo la mano de Mateo aferrada a la mía y aquella frase repitiéndose dentro de mi cabeza:
“Alejandro no sabe toda la verdad sobre esa mujer.”
Mientras varios pasajeros aplaudían a Valeria, yo avancé cuatro filas tratando de no mirar hacia el frente.
El sobre amarillo seguía allí.
Mi nombre estaba escrito con tinta negra:
Lucía Hernández.