Eso fue suficiente para mí.
—Entonces sí estuviste con ella.
—Sí.
Sentí que el corazón se me partía.
Mateo comenzó a llorar.
Alejandro dio un paso hacia nosotros.
—Pero no por lo que estás pensando.
—Todos dicen eso.
—Lucía, ese hotel tiene salas privadas de reuniones.
—¿Y por qué mentiste diciendo que estabas en Cancún?
Alejandro guardó silencio.
Ese silencio dolió más que cualquier explicación.
La sobrecargo insistió en que debíamos sentarnos.
El avión no podía permanecer detenido indefinidamente.
Alejandro regresó a la cabina.
Yo pasé los siguientes minutos mirando por la ventanilla mientras Mateo sostenía mi mano.
Cuando finalmente despegamos, Valeria no volvió a levantarse.
Yo tampoco.
Pero veinte minutos después, una sobrecargo llegó hasta nosotros.
—Señora Hernández, el capitán pide que escuche esto.
Me entregó unos audífonos conectados a una tableta.
Había un archivo de audio.