Mauricio contestó casi inmediatamente.
Cuando Ramírez explicó quién era, guardó silencio.
Después dijo:
—Yo trabajé instalando cámaras y alarmas antes de ser barbero. Vi algo detrás de la oreja del niño que no parecía médico. No quería alarmar a la señora frente a todos.
Eso explicaba su reacción.
No era una conspiración.
Había sido simple atención.
Y probablemente había evitado que pasaran más días antes de descubrirlo.
Pero la verdadera pregunta seguía intacta:
¿Quién era Ricardo Salgado?
Yo conocía el nombre, pero apenas sabía algo sobre él.
Javier había trabajado durante años como supervisor administrativo para una empresa constructora en Querétaro.
Meses antes de morir, comenzó a llegar tarde.
Se volvió reservado.
Una noche lo encontré revisando facturas y contratos en la mesa del comedor.
Cuando pregunté qué ocurría, cerró la carpeta.