“Mi Mamá Llegó con Maletas para Echarme de Mi Propia Casa… Pero No Sabía Quién la Esperaba Adentro”

PARTE 2

Lucía apenas había dormido.
Emilia lloró tres veces en la madrugada. La cesárea le dolía como si le hubieran abierto el abdomen otra vez. Pero no se movió del moisés. No encendió la luz. No quiso despertar a la vecina que le había prometido ayuda.
A las siete de la mañana, escuchó el motor de una camioneta.
Luego otro.
Luego risas.
Voces.
Portazos.
Se asomó por la ventana de la recámara.
Doña Rosa bajaba de una camioneta llena de bolsas. Maribel cargaba cajas. Tomás sacaba un colchón enrollado del cofre de su pick-up. Los tres niños corrían por el patio como si la casa ya fuera suya.
Lucía sintió que el corazón se le subía a la garganta.
Se puso una bata sobre el pijama.
Se ató el cabello.
Tomó a Emilia en brazos.
Y caminó hacia la puerta principal.
Antes de abrir, escuchó la voz de Doña Rosa desde afuera:
—Ándale, Tomás, mete el colchón primero. La del medio es la recámara más grande.
Tomás respondió:
—¿Y Lucía dónde va a dormir?
—En la sala. Ya le dije. Está joven, no le pasa nada.
Lucía cerró los ojos.
Respiró hondo.
Y abrió la puerta.

PARTE 3

Doña Rosa se quedó paralizada al verla.
—¿Qué haces parada ahí? Hazte a un lado.
Lucía no se movió.
—Mamá, te dije que no vinieran.
—Ay, hija, no empieces. Ya estamos aquí.
—Pues se van a regresar.
Maribel soltó las cajas en el suelo.
—¿Qué dices, Lucía? ¿Te crees la dueña porque tu marido se murió?
Tomás avanzó un paso.
—Mira, cuñada, no te pongas difícil. Nosotros también somos familia de Andrés. Esta casa también nos toca.
Lucía sintió que las piernas le temblaban.
Pero apretó a Emilia contra su pecho.
Y dijo, con una voz que ni ella reconoció:
—No. Esta casa es mía. De Emilia. De nadie más.
Doña Rosa dio un paso al frente.
—¿Tuya? ¿Con qué dinero la compraste? Con el seguro de Andrés. Ese dinero también es nuestro. Andrés era mi hijo.
—Era mi esposo —dijo Lucía—. Y el seguro lo dejó para mí. Para Emilia. No para ustedes.
—¡Mentira! —gritó Maribel—. Seguro te lo gastaste en tonterías. Vamos a revisar los papeles.
Tomás ya estaba entrando.
Lucía retrocedió.
—¡No van a pasar!
—Quítate, muchacha —dijo Doña Rosa, empujándola.
Lucía tropezó.
El dolor de la cesárea le atravesó el cuerpo como un cuchillo.
Emilia empezó a llorar.
Y en ese momento…
En ese momento, una voz salió desde la sala.
—Yo que ustedes, no daría ni un paso más.

PARTE 4

Todos se congelaron.
Doña Rosa giró la cabeza.
Maribel abrió la boca.
Tomás se quedó con el pie en el aire.

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