Cuando entré en la unidad de cuidados intensivos, Dante Moretti estaba despierto.
Tenía el rostro pálido, varios tubos conectados al cuerpo y una expresión que jamás había visto en él.
Miedo.
No el miedo de un hombre que acababa de recibir varios disparos.
Sino el de alguien que había encontrado a una persona a la que creía perdida para siempre.
—Clara… —susurró.
Me detuve junto a la cama.
—No intentes moverte. Acabas de salir de una operación.
Sus ojos recorrieron mi rostro lentamente.
—Pensé… que nunca volvería a verte.
Sentí que seis años de rabia me quemaban el pecho.
—Eso era exactamente lo que querías, ¿recuerdas?
Dante cerró los ojos.
—No fue así.
Solté una risa amarga.
—Me dejaste una nota junto a la cafetera. Ni siquiera tuviste el valor de despedirte.
Intentó incorporarse, pero el dolor lo obligó a detenerse.