Rodrigo salió detrás de nosotros.
—¡Daniela!
Llegué al portón.
Puse el dedo sobre el lector.
La cerradura se abrió.
Rodrigo se quedó paralizado.
—¿Cómo tienes acceso a esa casa?
Me giré.
—Porque es mía.
Su expresión cambió por completo.
La había comprado tres años atrás como una inversión con dinero proveniente de la venta de un pequeño inmueble que había heredado de mi abuela y de mis propios ahorros. La escritura estaba únicamente a mi nombre.
Nunca se lo conté a Rodrigo porque siempre pensé rentarla.
Hasta ese momento.
Entramos y cerré el portón.
Pero apenas dejé las maletas en la sala, mi mamá comenzó a llorar.
—Daniela… hay algo más.
—¿Qué cosa?
Sacó su celular.
Le temblaban tanto los dedos que tuve que sostenerlo por ella.
—Los moretones no fueron por una caída.
Sentí un vacío en el estómago.