Fui al hospital a sorprender a mi esposo con su comida favorita, pero su compañero me miró con lágrimas en los ojos y me preguntó: “¿De verdad Daniel no te ha contado nada?”

Abrí el sobre.

Daniel intentó detenerme.

—Laura, por favor.

Retrocedí.

Dentro había varias hojas, resultados de estudios y una carta escrita a mano.

Reconocí inmediatamente su letra.

Pero antes de leerla, mis ojos se quedaron atrapados en una palabra impresa en uno de los documentos.

“Oncología”.

Sentí que me faltaba el aire.

—No…

Daniel cerró los ojos.

—¿Tienes cáncer?

El pasillo entero pareció quedarse en silencio.

Ramírez tomó una silla.

—Siéntate.

—No quiero sentarme.

—Laura…

—¡Quiero que alguien me diga la verdad!

Daniel levantó la mirada.

—Me detectaron un tumor hace nueve meses.

Las piernas me temblaron.

—¿Dónde?

—En el páncreas.

Tuve que agarrarme del mostrador.

Todo empezó a encajar de golpe.

Las noches fuera.

El cansancio.

La pérdida de peso que él atribuía al estrés.

Las camisas que de pronto le quedaban grandes.

Las veces que lo encontré despierto a las tres de la mañana.

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