Los dedos de Cyrus aflojaron lentamente el nudo.
El saco cayó al suelo.
Josephine mantuvo los ojos cerrados.
Esperó el grito.
El gesto de horror.
El inevitable silencio que siempre llegaba antes del rechazo.
Pero no ocurrió nada.
Solo escuchó una respiración tranquila.
Abrió los ojos con miedo.
Cyrus seguía frente a ella.
La observaba con una serenidad que jamás había visto en nadie.
La cicatriz cruzaba el lado izquierdo de su rostro, desde la sien hasta la mandíbula, tan profunda que deformaba ligeramente su expresión.
Él sonrió apenas.
—¿Eso era todo?
Josephine parpadeó.
—¿No… no le doy asco?
Cyrus frunció el ceño.
Lo único que veía era una joven hermosa con una gran marca rojiza que nacía debajo del ojo derecho y descendía hasta el cuello.
No era una deformidad.
Era una mancha de nacimiento.
Nada más.
—He visto hombres con el alma mucho más fea que esa marca.