Después caminó hacia su oficina.
Daniel se pasó ambas manos por el rostro.
—No quería que te enteraras así.
—Ya no sé qué significa “así” contigo.
Cinco minutos después, Ramírez regresó con una carpeta gris.
La abrió.
Había documentos bancarios, una póliza de seguro y papeles notariales.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Vendiste algo?
—No.
—¿Pediste un préstamo?
—Tampoco.
Ramírez sacó una hoja.
—Daniel dejó instrucciones sobre la casa, sus cuentas y el seguro de vida.
—¿Seguro de vida?
Daniel apartó la mirada.
Me enfurecí otra vez.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace años.
—¿Y por qué actualizarlo hace seis meses?
Silencio.
Tomé el documento.
El beneficiario principal era yo.
Sofía aparecía protegida mediante disposiciones para que, si ambos faltábamos, el dinero se administrara en su beneficio conforme a los documentos legales correspondientes.
Todo parecía lógico.