Esta vez contesté.
—¿Qué quieres?
Su voz había cambiado por completo.
Ya no sonaba arrogante.
—¿Dónde estás?
—¿Desde cuándo te preocupa?
—No empieces, Mariana. Lo del avión fue una tontería.
Solté una risa seca.
—¿Una tontería?
—Fernanda se sentó conmigo porque se sentía mal. Mi mamá exageró. Tú también reaccionaste de más.
Ahí estaba.
Ni una disculpa.
Ni una sola pregunta sobre cómo me sentía.
—Entonces disfruta tu vuelo.
—Mariana, necesito que vengas a Monterrey.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Necesitas?
—Tenemos una reunión importante mañana temprano.
—¿Qué reunión?
Silencio.
—Con inversionistas.
—¿Cuáles?
Otro silencio.
—No tienes por qué interrogarme.
—Entonces no tienes por qué necesitarme.
Estaba a punto de colgar cuando escuché una voz femenina al fondo.
Fernanda.
—Pregúntale si llevará su identificación oficial.
Rodrigo cubrió el teléfono demasiado tarde.
Sentí un golpe en el pecho.