—Eso pensé al principio.
—¿Al principio?
Daniel acercó la USB.
—Después descubrí que el dinero era la parte pequeña.
Levanté la mirada.
—¿Qué puede ser peor que eso?
—Las patentes.
Sentí que el aire desaparecía.
Las trece patentes originales habían sido aportadas mediante acuerdos de licencia cuidadosamente estructurados. Sin ellas, buena parte de los productos estrella de Grupo Alcázar no podía comercializarse en las mismas condiciones.
—Rodrigo está intentando demostrar que esas patentes fueron desarrolladas con recursos de la empresa y que la titularidad debe pasar a una nueva sociedad.
—Eso no puede hacerlo.
—Legalmente, no de la forma en que está planteado.
—Entonces ¿por qué intentarlo?
Daniel tragó saliva.
—Porque tiene documentos con tu firma.
Lo miré fijamente.
—Yo no firmé nada.
—Lo sé.
—¿Cómo puedes saberlo?
Sacó dos hojas.
En la primera estaba mi firma.
Parecía perfecta.
En la segunda también.