Al día siguiente recibí una llamada de un número desconocido.
Contesté.
—¿Santiago?
Era Mauricio.
—¿Qué quieres?
—Quiero que nos veamos.
—No tengo nada que hablar contigo.
—Sí tienes. Se trata de papá.
Sentí que los músculos se me tensaban.
—¿Qué le hiciste?
—Nada. Está vivo, ¿verdad? Mamá no sabe dónde está.
No respondí.
Mauricio soltó una risa nerviosa.
—Escúchame. Yo no quería que te metieran en prisión.
Cerré los ojos.
Ahí estaba.
La primera grieta.
—¿Entonces quién lo quiso?
—No puedo hablar por teléfono.
—Habla ahora.
—Mamá controlaba todo. Yo tenía deudas, Santiago. Debía dinero a gente peligrosa. Ella dijo que podía solucionarlo si yo la ayudaba con la contabilidad.
—¿Ayudarla a robar?
—Al principio solo eran facturas. Después las cantidades crecieron. Cuando papá empezó a hacer preguntas, ella dijo que necesitábamos alguien a quien culpar.