—Entonces, ¿por qué no acudiste a la policía?
Mi padre me miró directamente.
—Porque recibí una fotografía tuya dentro de la prisión. Estabas en el patio, hablando con otro interno. Al reverso habían escrito que, si yo me presentaba ante las autoridades, harían que te ocurriera algo.
Sentí náuseas.
—¿Y les creíste?
—Sí.
—¿Incluso después de que me condenaron?
Mi padre cerró los ojos.
—Me convencí de que mantenerme escondido era la única manera de protegerte. Después comprendí que mi silencio te estaba destruyendo. Pero ya no sabía cómo acercarme sin poner en peligro todo lo que había reunido.
No respondí.
Quería odiarlo.
Quería gritarle que su miedo no justificaba mi sufrimiento.
Pero también veía delante de mí a un hombre que había pasado años escondido, convencido de que cualquier paso en falso podía costarle la vida a su hijo.