PARTE 2 — LA MUJER EQUIVOCADA

—Sí, doctor. La mujer tenía un tatuaje de una abeja sobre una flor, justo encima del tobillo izquierdo.

Felipe Mendoza sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Conocía aquel tatuaje.

Lo había visto cientos de veces.

Pero no pertenecía a Paulina.

Pertenecía a Rebeca.

Su amante.

—No puede ser —murmuró, aferrándose al borde del escritorio—. Rebeca está viva.

El médico lo observó con preocupación.

—Señor Mendoza, necesitamos realizar una identificación científica. Su reconocimiento visual no es suficiente.

Felipe sacó inmediatamente su teléfono.

Llamó a Rebeca.

Una vez.

Dos veces.

Cinco veces.

Todas las llamadas terminaron en el buzón de voz.

Entonces recordó algo.

La tarde anterior, Rebeca debía llegar a su casa a las once.

Pero nunca apareció.

Y él había estado demasiado ocupado pensando en la supuesta muerte de Paulina para preocuparse.

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