—Entonces busca la verdad. Pero hazlo bien. Si alguien fue capaz de meterte en prisión una vez, no tendrá problemas en intentarlo de nuevo.
Guardé el sobre debajo de mi camisa.
Antes de salir, el anciano me sujetó del brazo.
—Una cosa más.
—Dígame.
—Si encuentras a tu padre, no le preguntes primero por qué desapareció.
Fruncí el ceño.
—¿Qué debería preguntarle?
Don Ernesto me miró con una tristeza que no comprendí.
—Pregúntale por qué permitió que creyeras que te había abandonado.
Salí de la oficina sin responder.
Aquellas palabras me acompañaron durante todo el camino.
Porque, por primera vez, empecé a temer que la historia fuera mucho peor de lo que había imaginado.
Y que mi padre, estuviera donde estuviera, también tuviera algo que explicar.
Capítulo 2. La carta de Arturo Mendoza
Llegué a una pequeña pensión del centro de Querétaro poco antes de las ocho de la noche.