Durante años había considerado aquel lugar mi refugio.
Ahora parecía abandonado.
Las ventanas estaban cubiertas por cortinas oscuras. Había polvo en el camino y hierba creciendo entre las piedras.
Ramírez llamó a la puerta.
Nadie respondió.
Volvió a llamar.
Entonces escuchamos pasos en el interior.
La puerta se abrió apenas unos centímetros.
Apareció un hombre delgado, con barba gris y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda.
Tardé varios segundos en reconocerlo.
—¿Papá?
El hombre se quedó inmóvil.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Santiago.
No recuerdo haber cruzado la puerta.
Solo recuerdo que, de pronto, estaba abrazando a mi padre.
Lo sentí temblar entre mis brazos.
Olía a jabón y a madera, como cuando yo era niño.
Me aferré a él con una fuerza que no sabía que todavía tenía.
—Estás vivo —repetí—. Estás vivo.