El sonido de los helicópteros cortó el aire del resort.
Por primera vez desde que desperté atada a aquella moto acuática, vi miedo en los ojos de Victoria.
Su sonrisa desapareció.
El hombre que estaba en el muelle junto a ella dejó caer lentamente el vaso de whisky.
Julian.
Durante meses había creído que podía controlar cada detalle.
Mi teléfono.
Mis cuentas.
Mis movimientos.
Incluso mi propia vida.
Pero había olvidado algo importante.
Nunca había estado indefensa.
Los equipos de rescate llegaron en cuestión de minutos.
Cortaron las cuerdas.
Me sacaron del agua.
Uno de los oficiales colocó una manta sobre mis hombros mientras otro revisaba mi estado.
—Señora, ¿puede escucharme?
Asentí débilmente.
Mi primera pregunta no fue por mí.
Fue por mi bebé.
—¿Mi hijo?
El médico respondió:
—Vamos a trasladarla al hospital inmediatamente. Manténgase tranquila.
Mientras me alejaban, miré hacia la playa.
Julian seguía allí.
Pero ya no parecía el poderoso empresario que todos admiraban.
Parecía un hombre que acababa de entender que su juego había terminado.
Un oficial se acercó a él.
—Señor Vance, tendrá que acompañarnos.
Julian intentó recuperar su arrogancia.
—Esto es un malentendido. Mi esposa tuvo un accidente.
El oficial lo miró sin expresión.
—Tenemos la grabación completa.