Busqué más.
En la última parte del libro encontré una hoja doblada, sujeta con un clip.
Era una impresión de un correo electrónico.
El remitente figuraba como una cuenta corporativa vinculada a Mauricio.
El destinatario era Verónica.
El mensaje decía:
«Las transferencias están listas. Cuando termine la auditoría, Santiago aparecerá como responsable. Necesito que papá mantenga su firma electrónica activa hasta que cerremos todo».
Debajo, alguien había respondido:
«¿Y si Arturo descubre lo que estamos haciendo?».
La respuesta era breve.
«No lo descubrirá a tiempo».
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Verónica y Mauricio.
Los dos habían participado.
Los dos habían vivido bajo el mismo techo que mi padre mientras preparaban mi caída.
Pero entonces noté una fecha.
El correo había sido impreso dos días después de mi arresto.
Eso significaba que no era una prueba completa de cómo había comenzado el fraude.