Mi abuelo había cometido errores.
Mi padre también.
Pero el hombre que había pagado las consecuencias de aquella guerra familiar había sido yo.
Y ni siquiera sabía que estaba ocurriendo.
—¿Mi abuelo intentó encontrarme?
Mauricio sacó una serie de cartas.
—Muchas veces.
La primera llevaba una fecha de cuando yo tenía cuatro años.
La segunda, cuando tenía siete.
La tercera, cuando cumplí doce.
Había sobres dirigidos a distintas direcciones de Guadalajara. Algunos habían sido devueltos. Otros contenían anotaciones de la oficina de mi abuelo.
En una carta leí:
«Roberto, no te pido que me perdones. Te pido que no castigues a tu hijo por los errores que cometimos nosotros».
Tuve que detenerme.
La letra era firme, pero las últimas líneas parecían escritas con dificultad.
Otra carta decía:
«Hoy cumplió diez años. No sé qué le gusta, si juega fútbol, si lee o si se parece a su madre. Me duele no saber nada de él».