Parte 2: La firma que destruyó todas las mentiras de mi padre

—Aceptó el acuerdo. Después lo incumplió.

Me levanté de golpe.

—¡Entonces sabía que mi abuelo estaba vivo!

—Sí.

—¡Toda mi vida!

—Sí, Emiliano.

Me llevé ambas manos a la cabeza.

Durante dieciocho años había creído que mi abuelo estaba muerto.

Cuando preguntaba por él, mi padre decía que había fallecido mucho antes de que yo naciera. Cuando encontraba alguna fotografía antigua, Patricia me decía que era mejor no remover el pasado.

Incluso recordaba una ocasión, cuando tenía diez años, en que había preguntado si alguna vez podría visitar la tumba de mi abuelo.

Mi padre me había respondido:

«No hay nada que visitar. Está muerto y punto».

Y ahora descubría que aquel hombre había estado vivo durante toda mi infancia.

Había tenido una casa.

Una familia.

Una historia.

Y, por alguna razón, nunca me habían permitido formar parte de ella.

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