Parte 2: La firma que destruyó todas las mentiras de mi padre

«Podemos hablar, pero no voy a reunirme contigo a solas ni a fingir que no pasó nada».

Su respuesta llegó diez minutos después.

«Está bien».

Nos reunimos la semana siguiente en un café tranquilo, con un terapeuta familiar que yo había elegido y que había aceptado participar para ayudarnos a mantener la conversación dentro de ciertos límites.

Mi padre llegó antes que yo.

Parecía haber envejecido varios años.

Tenía el cabello más desordenado y los ojos cansados.

Cuando me senté, no intentó abrazarme.

—Gracias por venir —dijo.

—Te escucho.

Se quedó mirando la taza.

—No sé por dónde empezar.

—Por la verdad.

Roberto tragó saliva.

—Te mentí sobre tu abuelo. Te oculté documentos. Utilicé tu dinero sin tu permiso. Y te eché de casa sabiendo que todavía estabas estudiando.

No dije nada.

Necesitaba escucharlo pronunciar cada una de aquellas cosas sin buscar una excusa inmediata.

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