El edificio era mucho más discreto de lo que había imaginado.
No tenía columnas de mármol ni fuentes monumentales.
Era un complejo de oficinas y almacenes donde decenas de empleados entraban y salían durante toda la jornada.
En la sala de juntas me esperaban varios integrantes del consejo.
Algunos parecían sorprendidos al descubrir que el heredero principal de ciertos bienes y participaciones de Joaquín Salgado era un estudiante de preparatoria que todavía utilizaba una mochila desgastada.
El presidente interino de la empresa, el señor Ramírez, me estrechó la mano.
—Tu abuelo hablaba mucho de ti.
—Yo nunca lo conocí.
—Lo sé. Y lamento que haya sido así.
Me mostró documentos sobre la situación de la compañía.
Comprendí que mi abuelo no me había dejado un negocio sencillo que pudiera manejar por el simple hecho de llevar su apellido.