—No voy a hablar de eso.
—Entonces dejaremos constancia de que se negó a responder. Las investigaciones seguirán su curso.
Mi padre se levantó de golpe.
—¡Esto es una trampa!
Nadie respondió.
Porque no había ninguna trampa.
Solo documentos.
Firmas.
Fechas.
Y preguntas que llevaba demasiado tiempo evitando.
Antes de marcharse, Roberto se volvió hacia mí.
—Emiliano, podemos arreglarlo entre nosotros. No necesitamos abogados ni tribunales.
Lo miré.
Durante años había deseado escuchar que quería arreglar las cosas conmigo.
Pero ahora comprendía que arreglarlas no significaba volver a obedecerlo.
—Si de verdad quieres arreglarlo, empieza diciendo toda la verdad. Y devuelve lo que no te pertenece.
Mi padre se quedó inmóvil.
Después salió de la sala.
Patricia y Diego lo siguieron.
Yo permanecí sentado.
No sentí alegría.
Tampoco sentí que hubiera ganado.
Sentí tristeza.
Una tristeza enorme por el niño que había sido y que durante tantos años creyó que, si trabajaba más, estudiaba más y molestaba menos, algún día su padre estaría orgulloso de él.