Parte 2: La firma que destruyó todas las mentiras de mi padre

Y alguien me lo había arrebatado.

Parte 4: El hombre que apareció cuando supo que yo tenía dinero

A las once y treinta y siete de la mañana, mi teléfono comenzó a sonar.

Era mi padre.

Mauricio me indicó que no estaba obligado a contestar, pero que podía hacerlo si me sentía preparado y si evitaba discutir sobre cuestiones legales sin asesoría.

Respondí.

—¿Bueno?

—¡Emiliano! —Su voz sonaba desesperada—. ¿Dónde estás?

No respondió a mi pregunta.

No preguntó si había comido.

No preguntó dónde había dormido.

Solo quería saber dónde estaba.

—Estoy bien.

—Tu madrastra está preocupada.

Miré a Mauricio.

Él levantó ligeramente las cejas, como si tampoco entendiera aquella afirmación.

—¿Preocupada? —pregunté—. ¿Por eso me dejaste nueve días viviendo en el coche?

Hubo un silencio.

—No exageres. Eres un hombre adulto y necesitas aprender a hacerte responsable de ti mismo.

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