Antes de morir, mi padre me llamó a su habitación.
—Daniela, hija, quiero que recuerdes algo —me dijo—. Una persona que te ama no necesita hacerte pequeña para sentirse grande.
En aquel momento pensé que hablaba de la vida en general.
No sabía que, años después, esas palabras se convertirían en mi única brújula.
Mi padre había dejado sus bienes a mi nombre mediante documentos legales. Javier lo sabía desde antes de casarnos.
Al principio, nunca mostró interés por ellos.
Después empezó a sugerir que vendiéramos el terreno para invertir en un negocio suyo.
Yo me negué.
No porque desconfiara de mi esposo, sino porque aquella propiedad representaba el esfuerzo de mi padre. Quería conservarla para mi futuro y para el de mis hijos.
Javier aceptó mi decisión con una sonrisa.
Pero, según los documentos que la policía comenzó a revisar, meses después había aparecido una supuesta autorización para gestionar la venta.