Y ahora acababa de descubrir que la mujer a la que todos habían humillado era la esposa del hombre al que Gerald llevaba meses intentando impresionar.
La noticia se extendió rápidamente.
Primero fueron susurros.
Después miradas.
Finalmente mi padre apareció junto a nosotros.
Venía sonriendo.
—¡Alexander! ¡Qué sorpresa tan agradable!
Extendió la mano.
Alexander la miró antes de estrechársela brevemente.
—Gerald.
Mi padre se volvió hacia mí.
—Genevieve, ¿por qué no me avisaste que el señor Vale vendría?
—Porque no estaba invitado.
Gerald soltó una carcajada incómoda.
—Bueno, siempre hay lugar para un invitado tan importante.
Alexander respondió:
—Vine por mi esposa.
Mi padre dejó de sonreír.
—¿Su esposa?
—Genevieve.
Gerald me miró.
Después a Alexander.
—Eso es imposible.
Sentí una satisfacción fría.
—No, papá. Es bastante posible.
—¿Desde cuándo?
—Tres años.
Su rostro enrojeció.
—¿Tres años? ¿Y nunca nos dijiste?