Mentí a mi mujer para dejarla llorar al amor que perdió

Una sonrisa tímida.

Como pidiendo permiso al mundo.

“¿Y ella lo sabe?”, pregunté.

“Lo sabe.”

“¿Que estás casada conmigo?”

Rosa asintió.

“Se lo conté por teléfono, hace años. Me dijo que se alegraba. Pero desde entonces casi no he vuelto a verla.”

Se hizo otro silencio.

Luego Rosa dijo algo que no esperaba.

“Quiero ir a verla.”

La miré.

“Hoy.”

Me quedé quieto.

No porque no quisiera.

Sino porque entendí que aquella visita no era solo una visita.

Era otro pasillo.

Otra puerta.

Otro lugar donde Diego seguía estando.

“Voy contigo”, dije.

Rosa me miró con una mezcla de gratitud y miedo.

“No tienes que hacerlo.”

“Ya lo sé.”

Me aclaré la garganta.

“Pero quiero.”

Se le humedecieron los ojos.

“Puede ser incómodo.”

“Seguramente.”

“Puede doler.”

“También.”

Rosa soltó una risa pequeña.

De esas que salen con lágrimas.

“Eres muy cabezota, Sergio.”

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