Rosa y yo llegamos a casa de Carmen con la tortilla envuelta, muertos de vergüenza.
Carmen la probó.
Masticó despacio.
Nos miró muy seria.
Y dijo:
“Está igual que la suya.”
Rosa se echó a reír.
Yo también.
Carmen también.
Reímos tanto que hubo que abrir una ventana.
En ese momento entendí que la memoria no siempre tiene que doler.
A veces también puede sentarse a la mesa y reírse de una tortilla mal hecha.
Llegó otro 5 de mayo.
Esta vez no sentí miedo desde la mañana.
Sentí respeto.
Preparé té.
Compré unas pastas sencillas.
No hice planes.
No fingí oficina.
No inventé nada.
Cuando Rosa llegó del trabajo, encontró la mesa puesta.
La caja estaba allí.
También el cuaderno de recetas.
Y una vela pequeña, sin ceremonia exagerada.
Solo una luz.
Rosa se quedó en la puerta del comedor.