Diego la había escrito antes de un viaje, según entendí por las primeras líneas.
Hablaba de cosas pequeñas.
De una cena pendiente.
De una película que quería ver con ella.
De que Rosa se enfadaba cuando él dejaba vasos por toda la casa.
Y al final decía:
“Si algún día yo no estoy, no quiero que te quedes viviendo conmigo en una habitación cerrada. Quiero que abras ventanas. Quiero que rías. Quiero que alguien bueno se siente a tu lado, aunque te dé miedo. Prométeme que no vas a confundir amor con castigo.”
Rosa se tapó la boca.
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Carmen lloraba en silencio.
Yo sentí que algo dentro de mí cedía.
No era alivio.
Era otra cosa.
Como si un hombre al que nunca había conocido acabara de ponerme una mano en el hombro y me dijera: