Cinco médicos iban a dar de alta a una niña que seguía llorando cuando vi que señalaba un punto del pie que nadie había examinado. Mientras ellos cerraban el caso, ella ni siquiera podía apoyarlo. “Mañana estarás delante de dirección, y tendrás suerte si sigues llevando ese uniforme.” Sujeté la barandilla, frené el alta y pedí otra prueba; horas después, un registro de medicación reveló algo mucho peor. –

Finalmente Lucía dijo:

—Cuida de Alba. Dile que no he desaparecido por ella. Pero necesito resolver esto sin que nadie pueda decir que compraste mi inocencia.

Colgó.

Aquella noche lloró sola en su pequeño piso de Vallecas.

A la mañana siguiente ya no lloró.

Fue a buscar a Carmen.

La supervisora llevaba 31 años trabajando en hospitales y sabía dónde escuchar.

Recordó entonces a Elena, una técnica de farmacia de 29 años que durante los últimos meses había cambiado muchísimo. Había adelgazado, evitaba conversaciones y se sobresaltaba cada vez que alguien hablaba de inventarios.

Carmen consiguió reunirse con ella fuera del hospital.

Lucía acudió también.

Al principio Elena negó que supiera nada.

Después vio el cuaderno de Lucía.

Y se derrumbó.

Todo había empezado casi 1 año antes.

Algunas unidades de medicación de control especial comenzaron a desaparecer entre recuentos. Elena detectó las diferencias y acudió precisamente a Salcedo, que participaba en la supervisión de determinadas solicitudes de traumatología.

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