De repente apareció una posibilidad mucho peor: quizá ella hubiera tropezado accidentalmente con algo que llevaba tiempo ocurriendo.
Álvaro se enteró aquella misma noche.
La llamó.
—¿Por qué no me lo has contado?
Lucía cerró los ojos.
—Porque no quiero que intervengas.
—Puedo conseguir que revisen todo mañana.
—Precisamente.
—¿Precisamente qué?
—Que tienes poder para hacerlo.
Álvaro tardó unos segundos en responder.
—Te están acusando de algo muy serio.
—Y si tú llamas al consejo y me limpias el camino, ¿qué quedará de mí? La enfermera protegida por el millonario. La mujer que conserva el puesto porque sale contigo. Eso será lo que recuerden, aunque yo sea inocente.
—No tienes que demostrarle nada a nadie.
—Sí tengo que demostrármelo a mí.
La discusión empeoró.
Álvaro hablaba desde el miedo. Lucía escuchaba control.
Él quería protegerla.
Ella sentía que protegerla de aquella manera equivalía a quitarle exactamente lo que llevaba toda la vida intentando conservar: la posibilidad de mantenerse en pie por sí misma.