Eso me desconcertó.
Yo recordaba la llamada.
Recordaba incluso dónde estaba cuando me la dieron.
Pero no estaba documentada como parte oficial de su expediente.
Busqué más.
Nada.
No había certificado.
No había reporte posterior.
No había una nota clínica que confirmara el fallecimiento.
Sólo mi recuerdo de una conversación telefónica.
Entonces recordé quién había llamado.
No había sido un médico.
No había sido una institución.
Había sido una mujer.
Una mujer que se había presentado como familiar.
“Gracias por lo que hizo por Lucía”, me había dicho.
“Ya no hace falta que se preocupe. La niña falleció.”
En aquel momento no tuve razón para pensar que fuera mentira.
Ahora sí.
Regresé con Marta.
—¿Quién me llamó hace tres años para decirme que Lucía había muerto?