El predial atrasado.
Las reparaciones estructurales.
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Las mensualidades que llegaban en temporadas en las que Teresa juraba que todo estaba bajo control.
Yo no lo había hecho para recibir reconocimiento.
Lo había hecho porque aquella casa había pertenecido a nuestra familia durante años y porque, pese a todo, una parte de mí seguía creyendo que protegerla era una forma de proteger a mi madre.
También lo había hecho porque me resultaba más fácil pagar que discutir.
Más fácil resolver que explicar.
Más fácil esconder mi capacidad que enfrentar la posibilidad de que, incluso sabiendo lo que yo había construido, Teresa siguiera eligiendo a Verónica como la hija de la que podía presumir.
—Entonces arregla lo de hoy —dijo mi hermana.
La frase fue tan inmediata que me dejó fría.
Ni siquiera preguntó por qué había dejado de hacerlo.