Nunca le había preguntado demasiado.
Nunca había imaginado que la mujer que lloró junto a él frente a un ataúd vacío supiera que la persona a quien despedían seguía viva.
Adrián dejó la carta sobre la mesa.
—¿Qué vas a hacer?
Gabriel sacó el teléfono.
Isabel se tensó.
—No quiero que vengas aquí con gente ni conviertas nuestra vida en un espectáculo.
Gabriel guardó el aparato otra vez.
—No iba a llamar a nadie para venir.
—Entonces ¿a quién?
—A mi madre.
Isabel negó.
—No desde aquí.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque esta casa es de Adrián y mía en todo lo que importa, aunque los papeles digan otra cosa. Aquí crecimos. Aquí comimos cuando había poco. Aquí arreglamos el techo. Aquí enfermó. Aquí cumplió años. No quiero escuchar la voz de Mercedes entrando otra vez por esa puerta.