—Necesito hablar contigo.
Acepté reunirme con él en una cafetería.
Llegó con varios documentos y una expresión que no le había visto desde que éramos jóvenes.
—Estoy intentando arreglar las deudas —dijo—. He hablado con un asesor financiero.
—Me alegro.
—No puedo pagar todo de golpe.
—Entonces tendrás que elaborar un plan realista.
Me miró con resentimiento.
—Para ti es fácil decirlo. Tienes dinero de sobra.
—Puedo permitirme ayudarte a buscar asesoramiento. No voy a pagar deudas que no entiendo ni a poner en riesgo a nuestros padres para resolverlas.
—¿Así que me vas a dejar solo?
Lo observé en silencio.
Recordé todas las veces que había deseado tener un hermano que me defendiera. Recordé también los años en los que Sergio me había tratado como un invitado en una casa que sus padres habían abierto para mí.
—No te estoy dejando solo, Sergio. Te estoy diciendo que puedo ayudarte a buscar una solución responsable. Pero no voy a encubrirte ni a entregar el patrimonio de papá y mamá para que no tengas que afrontar tus decisiones.