Daniel lo miró directamente.
—¿Y tú le creíste?
Adrián no buscó a Lucía con los ojos.
No quería convertirla otra vez en testigo de una decisión que ya le había costado demasiado.
—Sí.
Daniel apretó la mandíbula.
—¿Sin comprobarlo?
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Adrián tardó unos segundos.
—Sí.
Ahora fue Lucía quien bajó la mirada.
No porque aquella respuesta fuera nueva para ella, sino porque era la primera vez que escuchaba a Adrián decirla sin esconderse detrás de Mercedes, las cartas o la juventud.
Daniel caminó unos pasos hacia las cajas de melones.
Tomó uno, lo giró entre las manos y volvió a colocarlo.
Era una costumbre automática.
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Cuando estaba nervioso, ordenaba cosas.
Lucía lo sabía.
Adrián apenas comenzaba a descubrirlo.
Ese pequeño movimiento le dolió de una manera que ningún documento podía explicar.