Lucía les llevó agua.
En un momento, Adrián sostuvo una esquina mientras Daniel aseguraba otra.
La lona vieja volvió a quedar firme sobre sus cabezas.
Diecisiete años antes, Adrián había perdido a su familia porque creyó una historia sin comprobarla.
Ahora no intentaba recuperar esos años con discursos.
Estaba aprendiendo algo más difícil.
Presentarse.
Preguntar.
Escuchar.
Y quedarse cuando nadie le garantizaba que sería perdonado.
Daniel dio un último tirón al nudo y soltó la cuerda.
—Ahora sí.
Adrián miró el puesto, luego a Lucía y finalmente a su hijo.
—Ahora sí —repitió.
Después guardó los guantes en la vieja caja y volvió al trabajo.