PARTE 2: EL MENSAJE QUE DESTRUYÓ TODO LO QUE YO CREÍA SABER

A la una y veinte de la madrugada, recibí una llamada de mi madre.

No le había contado todos los detalles. Solo le había dicho que Camila estaba en el hospital y que necesitaba ayuda.

—Hija, voy para allá —me dijo—. No voy a dejarte sola.

Escuchar su voz me hizo llorar.

—Mamá, tengo miedo.

—Lo sé, mi vida. Pero ahora tienes que pensar en Camila. Lo demás lo iremos resolviendo paso a paso.

Le conté lo que había ocurrido en urgencias, las palabras de mi hija y los mensajes de Rodrigo.

Mi madre permaneció callada durante varios segundos.

Después preguntó:

—¿Recuerdas aquella vez que te llamé porque Rodrigo me había pedido que no te contara algo?

Me quedé inmóvil.

—¿De qué estás hablando?

—Hace unos meses me llamó para preguntarme si Camila había pasado alguna tarde conmigo. Le dije que no. Entonces me pidió que, si alguna vez te preguntaba por sus viajes, no le diera importancia a las fechas.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque me aseguró que estaba preparando una sorpresa para ti. Me dijo que quería organizar unas vacaciones familiares y que no quería arruinarlo.

Me llevé una mano a la boca.

—¿Y le creíste?

—Sí, Elena. Le creí porque era tu esposo y porque nunca pensé que pudiera estar relacionado con algo así.

Mi madre empezó a llorar.

—Perdóname, hija.

—No, mamá. Tú tampoco sabías.

Intenté consolarla, aunque yo misma estaba al borde del colapso.

Cuando terminó la llamada, abrí la conversación con Rodrigo y revisé los mensajes de los últimos meses.

Había muchos que en su momento me parecieron normales.

«Hoy llegaré tarde».

«Tengo que resolver algo con los socios».

«No me esperes despierta».

«Camila ya está dormida, ¿verdad?».

Me detuve en ese último mensaje.

Lo había enviado una tarde en que yo estaba haciendo compras con mi madre.

Rodrigo había estado en casa con Camila.

No recordaba haberle dicho que la niña ya estuviera dormida.

Tal vez había sido una pregunta inocente.

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