Meses después recibió la notificación final del divorcio. No obtuvo la riqueza que durante años creyó que algún día le pertenecería, pero tampoco sintió que hubiera perdido su vida.
Alejandro se quedó con sus propiedades, contactos y la familia que quería exhibir para su carrera.
Valeria se quedó con algo que antes no sabía valorar: la posibilidad de empezar sin pedir permiso.
Una noche, Camila le preguntó:
—¿Te arrepientes de haberte casado con él?
Valeria pensó.
—Me arrepiento de haber creído que casarme con alguien rico era la única forma de salvarme.
—Pero si no te hubieras casado, quizá no habrías estado en el parque aquel día.
Valeria sonrió.
—Eso también es cierto.
—Entonces pasó algo bueno de algo malo.
—A veces pasa. Pero eso no convierte lo malo en algo correcto.
Camila asintió.
Valeria comprendió que durante casi toda su vida había perseguido una casa grande, viajes, ropa cara y un apellido que la alejara de la pobreza de su infancia.
Lo consiguió todo.
Y fue profundamente infeliz.
Después lo perdió, volvió a trabajar y tuvo que contar cada peso.
Y precisamente entonces empezó a recuperar su dignidad.
No porque la pobreza fuera noble ni porque el dinero no importara. Valeria sabía demasiado bien lo duro que era vivir sin él.
La diferencia era otra.
Antes quería que alguien la rescatara.
Ahora sabía rescatarse sola.
Por eso, cuando tiempo después Diego tomó su mano y habló de construir una vida juntos, Valeria no preguntó cuánto ganaba ni qué podía ofrecerle.
Solo se hizo la pregunta que nunca se había hecho al conocer a Alejandro:
“¿Puedo ser yo misma al lado de este hombre?”
La respuesta fue sí.
Camila, sentada frente a ellos, sonrió.