Al mismo tiempo, su esposa vio a Karla guardar discretamente en su bolsa una pequeña figura decorativa que aparecía en el inventario.
—Señora, saque eso.
Karla se puso roja.
—¡Yo no estoy robando! ¡Esto prácticamente es de la familia!
—Ya no —respondió la mujer—. Nosotros pagamos por este departamento y por lo que está especificado en el inventario.
Ricardo comenzó a gritar todavía más.
La agente decidió llamar a una patrulla.
Beatriz se quedó inmóvil.
—Ricardo, devuelve lo que sea y vámonos —le pidió.
Pero su hijo menor estaba fuera de sí.
—¡Que venga quien quiera! ¡Esto es un problema familiar!
Quince minutos después llegaron dos policías.
No hubo gritos ni escenas exageradas.
Pidieron documentos.
La agente mostró el contrato.
Los compradores acreditaron la operación.
Mauricio mostró la documentación correspondiente.
Después revisaron el video grabado antes de que el teléfono cayera.
Se veía claramente el empujón.
También se veía a Karla tomando la figura.
Fue entonces cuando ocurrió algo que Beatriz jamás esperó.
Karla señaló a mi suegra.
—¡Ella dijo que todo esto iba a ser nuestro! ¡Ella nos aseguró que el departamento acabaría en manos de Ricardo!
Beatriz la miró como si le hubieran dado una bofetada.
—Karla…
—Usted fue la que nos dijo que no dejáramos que Daniela se quedara con todo.
Ricardo tampoco defendió a su madre.
Sólo empezó a justificar el teléfono roto y a negociar cuánto tendría que pagar.
Vi cómo Beatriz observaba a las dos personas a quienes había escuchado durante meses.
Karla, la nuera que siempre le decía que era “la única que realmente la quería”, acababa de descargar la responsabilidad sobre ella en cuanto aparecieron consecuencias.
Ricardo, el hijo por quien exigía dinero constantemente, estaba preocupado únicamente por evitar pagar daños.
Algo cambió en el rostro de Beatriz.
Quizá recordó el refrigerador.
La electricidad.
La nota.
Quizá comprendió que había humillado a una mujer que jamás quiso quitarle nada para proteger a dos personas que llevaban meses calculando cuánto podían obtener de nosotros.
Los policías explicaron que la venta era legal y que nadie podía impedir la entrega.
Ricardo aceptó pagar el teléfono dañado.
Karla devolvió lo que había tomado y tuvo que disculparse.
Mauricio pidió que no llevaran el conflicto más lejos siempre que todos se retiraran y respetaran a los nuevos propietarios.
Después se acercó a su madre.
Le entregó una botella de agua.
—Toma.
Beatriz la recibió con las manos temblorosas.
Él no la abrazó para borrar inmediatamente las consecuencias, como hacía otras veces.
—Voy a seguir cuidándote porque eres mi madre. Pero desde hoy vas a responder por tus propias decisiones. No puedo salvarte cada vez que alguien te convence de hacer algo injusto.
Beatriz bajó la mirada.
No protestó.
No dijo que era una víctima.
Por primera vez solamente respondió:
—Entiendo.
Terminamos de sacar sus pertenencias.
Después Mauricio entregó las llaves.