—Está acercándose voluntariamente —dijo—. Y está intentando contactarte. No salgas.
Rafael llamó a la policía y explicó que una persona sujeta a medidas de protección estaba frente a la casa de la víctima.
Beatriz siguió gritando.
—¡Treinta mil pesos no son nada para ti! ¡Dámelos y se acaba este circo!
Aquella frase quedó grabada por las cámaras exteriores.
Daniela miró la pantalla sin sentir la furia descontrolada que había imaginado. Sentía algo más profundo: decepción. Después de una golpiza, una denuncia y una orden para mantenerse lejos, ninguno de ellos estaba preocupado por lo que le habían hecho.
Seguían preocupados por el dinero.
Cuando llegó la patrulla, Mauricio intentó retroceder.
Los agentes verificaron la orden, hablaron con Verónica y se llevaron a Mauricio para ponerlo a disposición de la autoridad por el incumplimiento de las medidas y por la investigación ya abierta. Beatriz quiso interponerse, pero uno de los oficiales le pidió que se apartara.
Entonces ocurrió algo que Daniela jamás habría imaginado dos días antes.
Su suegra empezó a suplicar.
—Daniela, hija, dile que todo fue un malentendido. Mauricio estaba nervioso. Yo también. Somos familia.
Daniela salió al jardín, pero se mantuvo detrás del portón.
—Cuando me pegaste, no dijiste que éramos familia. Cuando le gritaste a tu hijo que me golpeara más fuerte, tampoco.
Beatriz quedó muda.
Mauricio levantó la voz desde la patrulla.