—Entonces hoy somos millonarios.
Mateo salió corriendo a anunciarlo.
Meses después, Diego rentó una casa pequeña en Querétaro. No quiso una propiedad del grupo. Quería pagarla con su sueldo.
Mariana pidió convivir con Mateo y comenzó un proceso familiar por la vía legal. Diego no le cerró la puerta, pero puso una condición: cualquier acercamiento debía cuidar al niño antes que la culpa de los adultos.
No convertimos a Mariana en un monstruo. Había fallado gravemente, pero Mateo no necesitaba una guerra eterna entre sus padres. Necesitaba adultos capaces de reconocer sus errores sin usarlo como castigo.
Octavio tardó más.
Meses después apareció en el rancho sin chofer, sin saco y sin esa forma de entrar como si todos le debieran espacio.
Traía una caja.
Mateo estaba conmigo limpiando piezas. Al verlo, dejó de sonreír.
Octavio se detuvo a varios metros.
—No voy a acercarme si no quieres.
Mateo me miró. Yo no decidí por él.
—¿Qué trae? —preguntó el niño.
Octavio abrió la caja. Era un tractor amarillo nuevo, casi idéntico al que Mateo había llevado entre las maletas.
—El tuyo estaba rayado. Pensé que…
Mateo abrazó el viejo juguete.
—El mío sirve.
Octavio se quedó quieto.
Y entonces entendió.
No se trataba de comprarle otro juguete. Se trataba de reparar el recuerdo.
Se sentó en una cubeta, a distancia.
—Mateo, hice algo muy feo. Te hice sentir que tú y tu papá valían menos. No era verdad. El problema era mío.
El niño tardó en responder.
—¿Ya no vas a correr a mi papá?
Octavio miró al suelo.