PARTE 1
—“Lárgate con tu hijo. En esta casa no hay lugar para gente de tu clase”—le dijo mi consuegro a mi hijo antes de aventar sus maletas al pasillo, frente a mi nieto de seis años.
Cuando Diego llegó a mi taller en las afueras de Celaya, traía la camisa arrugada, los ojos hinchados y una maleta en cada mano. A su lado, Mateo abrazaba un tractor amarillo de juguete como si fuera lo único que todavía le pertenecía.
—Papá… nos corrieron.
Yo dejé la llave inglesa sobre la mesa y me limpié las manos con un trapo. No pregunté de inmediato. Primero abracé a mi nieto.
—Abuelo, ¿ahora somos pobres?
Sentí que la pregunta me atravesaba el pecho.
—No, campeón. Pobre es quien no tiene a quién llamar cuando todo se viene abajo. Tú tienes a tu papá, me tienes a mí y todavía tienes ese tractor. Estamos mejor equipados que medio país.
Mateo sonrió apenas. Diego no.
Durante cuatro años, mi hijo había trabajado como jefe de logística para AgroSalgado, la empresa de su suegro, Octavio Salgado. Había levantado rutas, reducido pérdidas, negociado con transportistas y pasado noches enteras resolviendo entregas. Pero esa mañana Octavio lo había llamado a su oficina y le puso una renuncia “voluntaria” enfrente.
—Me dijo que los Ramírez nacimos para obedecer, no para sentarnos en oficinas —contó Diego—. Que me había dado más de lo que merecía por casarme con Mariana.
Lo peor vino después.
Al llegar al departamento, la chapa ya estaba cambiada. Mariana habló detrás de la cadena de seguridad. Dijo que necesitaba “tiempo”, que su padre tenía razón y que Diego se había convertido en una carga. Luego apareció Octavio, lanzó las maletas al pasillo y, mirando a Mateo, soltó:
—Vete con tu papá. Aquí no mantenemos fracasados.
Diego apretó los puños.
—Mateo no lloró, papá. Eso fue lo que más me dolió. Solo agarró su juguete y me preguntó a dónde íbamos.
Esa noche los instalé en la casa del rancho. Mateo se durmió en la cama donde Diego había dormido de niño. Mi hijo, en cambio, caminó durante horas.
—Fallé —me dijo—. Debí esforzarme más.
—No. A un hombre no le cambian la cerradura en cinco minutos por falta de esfuerzo. Esto ya estaba preparado.
Diego me miró confundido.
—¿Y qué podemos hacer? Octavio es dueño de todo.