PARTE 1
—Tu padre se murió hace un año, Diego… y esta casa ya no es tuya. Así que no hagas un escándalo y lárgate.
Patricia me lo dijo sin bajar la mirada. Yo acababa de salir del penal de Barrientos después de 3 años encerrado por un robo que juré no haber cometido. Traía una mochila vieja, ropa prestada y las manos temblando al llegar a la casa donde crecí.
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Durante 1.095 noches imaginé a mi padre abriéndome la puerta. Lo veía en su sillón de piel gastada, diciéndome: “Aguanta, hijo. La verdad siempre encuentra por dónde salir”. Necesitaba creer que don Ricardo Mendoza seguía vivo.
Pero al llegar a la colonia Del Valle, nada olía a mi casa.
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La fachada estaba pintada de gris elegante. Los rosales de mi papá habían sido arrancados. En la cochera había una camioneta blanca de lujo y un auto rojo desconocido. Hasta la puerta era otra: negra, brillante, con chapa moderna. La casa parecía la misma, pero sin alma.
Toqué fuerte. No como visita. Como hijo.
Patricia abrió con vestido verde esmeralda, cabello alaciado y aretes de perla. Mi madrastra me miró con fastidio, como una mancha en su alfombra nueva.
—Saliste antes de lo que pensé —dijo.
—¿Dónde está mi papá?
Ella suspiró.
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—Fue enterrado hace un año. Cáncer. Rápido. Doloroso. Ya pasó.
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Sentí que la banqueta se movía bajo mis pies.
—¿Y nadie me avisó? ¿Nadie pidió que me dejaran verlo?
Patricia sonrió apenas.
—Diego, estabas preso por robarle a la empresa de tu propio padre. ¿De verdad crees que él quería que mancharas su funeral?
—Yo no robé nada.
—Eso dijiste en el juicio. Nadie te creyó.
Intenté mirar detrás de ella. El recibidor ya no tenía fotos familiares. No estaba la imagen de mi madre, ni el sombrero de mi padre. Solo muebles caros y olor a aromatizante.
—Déjame pasar. Solo quiero ver su cuarto.
—Su cuarto ya no existe. Lo remodelé.
Entonces apareció Bruno, su hijo, bajando las escaleras. Mi hermanastro, el mismo que llevaba años metido en deudas y apuestas, sonrió como si hubiera esperado ese momento.
—Mira nada más. El expresidiario volvió por herencia.
Di un paso hacia la puerta, pero Patricia cerró el espacio.
—Si vuelves a pisar esta propiedad, llamo a la patrulla. Con tus antecedentes no te conviene.
La puerta se cerró frente a mí con un clic suave.
No grité. Caminé hasta el Panteón Jardines de la Luz, donde mi padre siempre decía que quería descansar junto a mi madre. Necesitaba ver su nombre grabado.
Un jardinero viejo me detuvo junto a los cipreses.
—¿A quién busca, joven?
—A Ricardo Mendoza. Su esposa dijo que está enterrado aquí.
El hombre me observó con tristeza.
—Usted es Diego, ¿verdad?
Se me heló la sangre.
—¿Cómo sabe?
El viejo miró hacia la entrada y bajó la voz.
—Porque su papá me pidió que le diera esto si algún día venía a buscarlo.
Sacó un sobre amarillento. Dentro había una carta y una llave. En la llave decía: MINIBODEGA 108.
—Pero mi papá… ¿dónde está enterrado?
El jardinero tragó saliva.
—Aquí no. Y si quiere saber por qué, no regrese con esa mujer todavía.
Abrí la carta. La primera línea decía: “Hijo, si estás leyendo esto, es porque Patricia ya empezó a mentirte”.
Y entonces entendí que la muerte de mi padre no era el final de la historia. Era apenas algo mucho más terrible.
PARTE 2