La carta de mi padre estaba escrita con su letra grande y cuadrada. Leerla fue como escucharlo hablar desde un lugar imposible.
“Hijo, perdóname por no ir a verte. No fue porque dudara de ti. Fue porque cuando por fin entendí lo que te hicieron, ya estaba demasiado enfermo y demasiado vigilado.”
Tuve que detenerme. La palabra vigilado me apretó el pecho.
“Patricia no quería que yo hablara contigo. Bruno tampoco. Durante meses me hicieron creer que tú habías robado dinero de la constructora. Me enseñaron pruebas, pero eran falsas.”
Sentí rabia y dolor. Mi padre me había creído culpable al principio.
Seguí leyendo.
“Encontré facturas duplicadas, transferencias alteradas y documentos firmados en fechas en las que yo estaba sedado por quimioterapia. Encontré registros bancarios ligados con Bruno. También encontré algo peor: tu contraseña de trabajo escrita en una libreta de Patricia.”
El papel tembló entre mis dedos.
“Todo está en la minibodega 108, en Tlalnepantla. No enfrentes a Patricia sin verlo antes. No confíes en nadie de esa casa.”
Al final decía:
“Te dejaron cargar una culpa que nunca fue tuya. Te amo. Papá.”
El jardinero, don Eusebio, me prestó dinero para llegar.
—Su papá venía aquí enfermo —murmuró—. Decía que usted merecía salir con la verdad en la mano.
El lugar estaba en una zona industrial, entre talleres y bodegas de lámina. La llave abrió la 108. Al levantar la cortina, una nube de polvo me llenó la garganta.
Adentro no había muebles viejos.
Había un archivo obsesivo.
Cajas blancas apiladas. Carpetas marcadas: “BANCO”, “CONTRATOS”, “FIRMAS FALSAS”, “BRUNO”, “PATRICIA”. Sobre una mesa plegable había una memoria USB y una nota: “Mira esto primero”.
Usé el celular barato que me dieron al salir. La pantalla estaba rota, pero el video abrió.
Apareció mi padre.
Estaba flaco, con la piel amarillenta y los ojos hundidos, sentado en su taller. Detrás se veían sus martillos y la foto de mi madre.
—Diego —dijo con voz débil—, si estás viendo esto, significa que saliste. Perdóname por no estar ahí para abrazarte.
Me tapé la boca para no quebrarme.
—No robaste un peso. Bruno robó de la empresa. Usó proveedores falsos para mover dinero a cuentas en Cancún y Panamá. Cuando llegó la auditoría, Patricia le entregó tus claves y sembró pruebas en tu computadora. Entró a tu departamento con una copia de llave. Yo encontré el duplicado en su bolsa.
El mundo se me fue encima.