—También falsificaron mi firma para retirar dinero y cambiar mi testamento cuando yo ya estaba muy medicado. Hay dictámenes médicos, videos, correos, recibos. No fui a la policía porque no sabía en quién confiar. Patricia decía que me cuidaba. Mentira. Me estaba vigilando.
Mi padre respiró con dificultad.
—Y hay algo más. Si ella te dijo que estoy enterrado con tu madre, es mentira. No la dejes decidir dónde termina mi nombre.
La grabación se cortó.
Pasé horas revisando documentos. Había transferencias por millones, correos entre Bruno y un contador, fotos de Patricia entrando a mi departamento y registros que probaban que mi computadora fue usada mientras yo estaba en una obra.
Luego encontré una carpeta roja.
Decía: “CONFESIÓN”.
Dentro estaba una hoja firmada por Bruno: aceptaba que había usado mi usuario para desviar dinero. Debajo, una nota de mi padre decía:
“Esto te quitaron. No permitas que también te quiten la verdad.”
En el fondo de la carpeta había una copia de un trámite funerario. Al verlo, sentí que el aire desaparecía.
No solo habían escondido la verdad de mi condena.
También habían escondido a mi padre.
Y el nombre del lugar escrito en ese papel me obligó a entender que Patricia no había tenido piedad ni siquiera después de verlo morir.
PARTE 3
No fui a buscar a Patricia esa noche. Antes de la cárcel, tal vez lo habría hecho. Habría llegado a la casa gris a romper la puerta, a gritarle en la cara, a exigirle dónde estaba mi padre. Y con eso le habría dado exactamente lo que quería: un motivo para decir que yo seguía siendo violento, peligroso, incapaz de vivir fuera de una celda.
Así que respiré. Guardé la memoria USB dentro del calcetín, metí las carpetas más importantes en una mochila y dormí sentado en la misma minibodega, con la llave entre los dedos como si fuera un cuchillo.
A la mañana siguiente fui al centro, a una oficina de apoyo legal para personas liberadas. Ahí conocí a Alma Robles, una abogada de voz seca y mirada dura. Cuando empezó a leer los documentos, su expresión cambió. Tras casi dos horas, se quitó los lentes y me miró como si estuviera viendo un incendio.
—Diego, esto no es solo una apelación. Esto es una conspiración. Robo de identidad, fraude, falsificación de documentos, posible manipulación de testamento y ocultamiento de información funeraria. Si movemos esto bien, tu sentencia se puede caer. Pero ellos van a intentar destruirte otra vez.
—Ya me destruyeron una vez —respondí—. Esta vez voy a quedarme de pie.
Alma no sonrió. Solo cerró la carpeta roja.
—Entonces vamos a hacerlo bien.
Las primeras notificaciones judiciales salieron 11 días después. Congelaron cuentas relacionadas con Bruno, pidieron registros bancarios de sus empresas fantasma y solicitaron una revisión urgente de mi condena. También pidieron copias certificadas del supuesto testamento de mi padre y de los trámites funerarios.
Esa tarde recibí una llamada de Patricia.
No saludé.
—Diego, hijo —dijo con una dulzura falsa que me dio asco—. Me acaban de llegar unos papeles horribles. No sé qué te metieron en la cabeza, pero podemos hablar como familia.
—Familia no planta pruebas en la casa de un inocente.
El silencio fue corto, pero suficiente para escuchar cómo se le caía la máscara.
—No sabes con quién te estás metiendo —susurró—. Estuviste preso 3 años. La gente ya te cree basura. ¿De verdad piensas que van a creerle a un exconvicto?
Miré la memoria USB sobre la mesa.
—No tienen que creerme a mí. Solo tienen que creerle a mi papá.
Colgué.
La guerra duró 8 meses.