Valeria comenzó a explicarme algo que me revolvió el estómago.
Durante toda su infancia, Ernesto le había contado que yo era un adolescente problemático que robaba dinero, consumía drogas y había escapado de casa después de agredirlo.
—Papá decía que tú no querías saber nada de nosotros —murmuró.
—Valeria, yo tenía trece años. Él me abandonó en una carretera y quemó mis cosas.
Escuché cómo comenzaba a llorar.
—Hay algo más, Samuel. Necesito verte.
Nos encontramos al día siguiente en una cafetería de Pátzcuaro.
Valeria llegó acompañada de Iván, su prometido. Ambos parecían nerviosos.
Colocó una carpeta sobre la mesa.
Había fotografías de una construcción enorme, con columnas de madera, ventanales y una terraza frente al lago.
—Es el lugar donde vamos a casarnos —explicó—. Papá dice que está construyendo nuestro salón como regalo de bodas.
Miré las fotografías y reconocí inmediatamente los árboles.
—¿Dónde está exactamente esa propiedad?
Iván me mostró la ubicación.
Era un terreno que había pertenecido a los abuelos de mi mamá y que, después de su muerte, quedó legalmente en manos de mi tía Inés.
Tres años antes, mi tía me lo había donado mediante escritura pública. Yo había firmado los documentos ante notario y tenía el predio inscrito a mi nombre.
—Valeria, ese terreno es mío.
Mi hermana abrió los ojos.
—No puede ser. Papá dice que pertenece a nuestra familia desde hace generaciones.
—Era de la familia de mi madre. Ahora está a mi nombre.
Saqué el teléfono y llamé a Inés.
—Tía, ¿autorizaste que Ernesto construyera algo junto al lago?
—¡Por supuesto que no! Mónica vino a pedírmelo y le dije que no. Después dejó de llamarme.
Le conté lo que acababa de descubrir.
Mi tía guardó silencio unos segundos.
—Samuel, tenemos que detenerlos.
Valeria se cubrió la boca.
—Papá ya gastó casi un millón de pesos en esa construcción. Invitó a más de doscientas personas.
Entonces Iván habló por primera vez.