originalmente a las niñas y con una aportación que mis hijas y yo habíamos aumentado durante años.
Dentro, Renata encontró un piano.
Se sentó y empezó a tocar la canción favorita de Lucía.
Alma reunió a varios niños para contarles una historia.
La del conejo pequeño que protegía a su hermana durante una tormenta.
Yo salí al jardín.
Habíamos trasladado allí un viejo encino del terreno familiar.
Me senté bajo sus ramas y abrí el diario de Lucía.
Durante 12 años había querido escribir algo en la última página.
Ese día finalmente pude hacerlo.
“Lucía:
Pensé que habías muerto dejándome solo.
Estaba equivocado.
Dejaste dos niñas esperando que yo aprendiera a mirar más allá de mí mismo.
Tú las encontraste primero.
Ellas me encontraron después.
Y entre las tres hicieron algo que todo mi dinero jamás había conseguido.
Me dieron un hogar.”
Cerré el diario.
Desde el edificio escuché el piano de Renata.
Después la risa de Alma.
Me levanté y caminé hacia ellas.
Porque durante años creí que aquella tarde lluviosa había ido al cementerio para visitar a una mujer que había perdido.
Ahora sabía la verdad.
Había ido allí para encontrar a las dos hijas que ella me había dejado esperando.